El Lingotazo

Dicen que las comparaciones son odiosas y, por lo general tienen razón. Así que voy a hacer un esfuerzo muy grande para no comparar “El lingotazo” con ningún libro de Mundodisco. Pero antes de No hacer comparaciones vamos con las formalidades de rigor.

lingotazo

España, o algo así, corre el año mil novecientos y pico en una península ibérica un poco distinta a la que conocemos. ¿No os habéis preguntado nunca cómo sería la historia de este trozo de tierra si además de políticos corruptos, monarcas, pasión por la religión y la picaresca tuviéramos hadas, dragones, dioses vengativos (más aún, se entiende), hechiceros y toda la rama de criaturas típicas y atípicas de la fantasía? Seguro que sí. El caso es que la historia tiende a discurrir de manera distinta cuando le introduces cambios tan nimios como este. Es posible que nunca hubiéramos descolonizado América, pero también es posible que las pasáramos canutas para luchar contra indígenas que, además de lanzas, pueden arrojarte bolas de fuego. Es posible que la magia lograra algo que hasta ahora nos parecía imposible y la corona española y la portuguesa hubieran dejado de lado sus rencillas para unificar la península y crear el reino de Hisperia. Y en todo este “es posible que” nos lanza Sergio Morán, autor al que sigo desde hace tiempo por su gran trabajo junto a Laurielle Maven en “El Vosque”.

En “El Lingotazo” visitamos la Hisperia de mil novecientos y pico a través de los ojos de tres personajes: Izel, una joven recién llegada de las colonias en busca de su madre perdida. Lucas, un periodista que, como todos los periodistas, tiene que pluriemplearse para vivir del periodismo y al que en realidad le gustaría estar dedicándose a otra cosa en lugar de buscar historias. Y a Félix, un enorme mecánico que entiende a la perfección las nuevas tecnologías a vapor que están conviviendo con las tradicionales (¿no lo había dicho? también hay Steampunk y dirigibles piratas). Mientras estas tres personas van haciendo sus cosas de personas terminan coincidiendo en un autobús y la historia podría haberse quedado ahí si no fuera porque ocho kilos de oro caen de repente del cielo frente a ellos.

Tras verlo y hacer cálculos estos tres personajes deciden que hay suficiente oro como para no pelearse por él. Además se intuyen que es muy probable que alguien eche de menos ocho kilos de oro. Y así es, el oro pertenece a uno de los seres más malvados y poderosos que se pueden encontrar en este mundo: Un banco.

Perseguidos por los  sicarios del banco los protagonistas recorren Hisperia mientras hacen malabares entre sobrevivir y encontrar a alguien lo bastante rico y loco como para comprar 8 kilos de oro.

“Finalmente, un foco de concentración disparó la atención de todos y, con un gesto casi imperceptible, uno de los hechiceros movió los labios y pronunció las poderosas palabras que pondrían fin a tan cruenta y sutil batalla.

—No hay mus.”

En el prólogo de “Elantris” un amigo de Brandon Sanderson y compañero de su curso de escritura habla de cómo los borradores que Sanderson les enseñaba no funcionaban porque necesitaban algún evento grande, un supervillano al que vencer. Que peligrara la integridad del tejido del universo. Aunque esto no es cierto ni es una norma de la escritura sí que pasa mucho en fantasía épica y es normal, nos meten magia, criaturas sorprendentes y todo tipo de prodigios y es fácil que busquemos que el conflicto vaya escalando más y más. Pero hay otras muchísimas historias que, teniendo lo fantástico impregnando cada palabra, no van de salvar el mundo ni vencer al señor oscuro, van de personas normales (aunque puedan invocar demonios) que solo quieren vivir lo mejor posible y aspiran a lo que quiere cualquier hijo de vecino. El lingotazo es en muchos aspectos uno de esos libros.

Si habéis entrado en la sección de reseñas sabréis que siento pasión por la obra de Pratchett y, en parte, es por este enfoque de la fantasía como historias sobre gente normal que tiene que lidiar con problemas que no son normales. Pero al margen de la forma de enfocar el mundo ya he comentado que NO voy a comparar este libro con los de Pratchett, así que NO voy a decir que en las primeras páginas del libro me recordó tanto el estilo de la escritura que cuando vi la primera nota al pie de página casi grito. Sin embargo Sergio Morán no es Pratchett y eso está bien, por lo que hacer este tipo de comparaciones está fuera de lugar. Ojo, tampoco tiene que serlo, tiene su propia voz que es más que satisfactoria por su cuenta como para empezar a hacer comparaciones (aunque me veo obligado a decir que si te gusta mundodisco seguramente es más probable que te guste este libro, pero no por comparación, sino porque la manera de enfocar el mundo es parecida, del mismo modo que si te gusta el hopepunk es probable que te guste otro libro que sea hopepunk).

“Llevaba estable más siglos que cualquiera de los países europeos, que se pasaban la historia cambiándose de nombre y de sitio a golpe de ejército. Sin ir más lejos, la zona de Centroeuropa era actualmente una amalgama tal de pequeños reinos, principados, ducados y asociaciones de festejos que cada día se enviaba un telegrama a la Royal Geopolitical  Society de Londinium para que actualizasen sus atlas. No hacía falta decir que en Londinium hacía  tiempo que habían dejado esa zona del mapa con un interrogante muy gordo y usaban los telegramas para organizar apuestas y juegos para las fiestas.”

Dejando de lado el tema este de comparar y porqué no hacerlo la verdad es que el mundo que Sergio Morán ha creado junto a James Stapleton (cuyas redes no encuentro, dicen que existe de verdad pero lo mismo no y es un invento para tributar menos que lo de ser autónomo es difícil) rebosa imaginación, surrealismo y un aire de humor que envuelve a Hisperia y convierte hasta las situaciones más duras en momentos que te pueden sacar una sonrisa (en determinadas ocasiones una sonrisa triste pero sonrisa al fin y al cabo). La narración es muy fluida y llena de pequeños detalles ingeniosos que ayudan a hacer ese mundo tan extraño un poco más real y que a la vez funcionan como gags que aligeran la lectura para hacerla más ágil. Los personajes son bastante carismáticos, como en cualquier libro algunos más que otros, y por lo general tienen un trasfondo interesante aunque se echa de menos que tengan un poco más de química en las interacciones entre personajes. Especialmente porque aunque algunos diálogos son para echar carcajadas otros se sienten como si fueran un poco “conversación de ascensor”, no sé si es la intención del autor porque en las primeras páginas los protagonistas apenas se conocen y lo natural en esas situaciones son conversaciones incómodas pero la verdad es que rompen un poco el ritmo de lectura. Lo mismo ocurre en algunas partes de la narración que, aunque en términos generales va como la seda en un par de ocasiones aparece una construcción rara que hace tropezar la lectura. Pero son pequeños detalles que no creo que sean lo suficientemente importante como para echar a nadie atrás.

Si hay algo que creo que podría alejar a alguien de este libro serían dos cosas: En primer lugar el sentido del humor que tiene la historia que (como pasa siempre con el humor) o te hace gracia o no, si no conectas con ese humor seguramente abandones el libro a las pocas páginas. En segundo lugar la historia no es especialmente interesante. Suele pasar en estos libros en los que no “peligra el tejido del universo” y se centran más en los personajes o, en casos como este, en la forma de contar una historia normal de una manera deliciosa. Por lo que si no disfrutas ese humor la historia dudo que sea suficiente como para suplir eso porque el libro se apoya muchísimo en ese aspecto. Por supuesto si tenéis dudas podéis leer el primer capítulo enn la web de Insólita  y comprobar si es vuestro estilo.

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